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"Costalero, tú que sientes
el dolor de los maderos,
dime si lo sabes
¿cuánto le pesa la cruz
al Dueño de los Silencios?
Ven Padre mío a mi lado y hagamos un silencio, y descansemos la voz, el cuerpo, el sentimiento, y
mirémosnos a los ojos y hablemos, como amigos, como Padre e hijo, por un momento.
Sin poesía ni palabras hermosas, sin arrebato ni estridencia. Con la verdad del corazón brotando
como agua serena. Ven padre mío, que quiero consolarte consolándome en tu pena.
Yo intento seguirte, quiero que lo sepas, con mi debilidad de hombre aferrado con desesperación y ansia
a tu mensaje, con tus palabras resonando en mis oídos y queriendo mezclarse con tu sangre, intentándolo
cada día, aunque cada día te falle, anhelando aliviarte la carga, ser cirineo de aire, y ayudarte a llevar
esa cruz de la que nunca parece poder separarte.
Cruz en amores engarzada, que te hace Padre mío, Nuestro Padre, doblar las rodillas oscureciéndote la mirada.
No nos la rechaces, Señor, que hemos querido cambiar el áspero madero por conchas de carey y plata por ungirte
y ofrecerte amor enredado en tinieblas calladas.
No nos la rechaces, Señor, que quisimos con ella ungirte como te ungió Magdalena con ungüentos mezclados con
su dolor y sus lágrimas.
Sabes, mi Dios de terciopelo y agua, una nueva ilusión se me inflama, porque al fín nos va calando una luz,
y cambian las miradas. Y poco a poco en nuestras hermandades están empezando a ser nuevas cosas necesarias. Ya
no es suficiente un bordado, un paso terminado, unas potencias, una banda. Señor, se están prendiendo otros
fuegos, vienen naciendos otras esperanzas. Y la caridad se abre paso con fuerza arrastrando nuevas manos y nuevas
ganas. Manos unidas, becas de enseñanza, colaborar con Cáritas, recoger alimentos, juguetes, entregar tiempo e ilusiones
se convierten en insignias de las que empezamos a sentirnos tan orgullosos o más que de los propios bordados o
de la madera tallada. Todavía nos queda mucho por recorrer, pero la luz se va haciendo más clara. Sabes, Señor, están
cambiándonos los tiempos y nos vienen brotando ansias de ungirte con diferentes perfumes, con otra razón que cumple
mandamientos nuevos que Tú nos regalas.
Padre mío, Nuestro Padre, aunque te sea tan pesada, no nos desprecies esta cruz de carey y plata, que aunque todavía
no seamos capaces de entregarlo todo sin guardarnos nada, se nos está encendiendo más amor para ayudarte, como
el Cirineo, a soportarla."
"Todo se consume, como se consume la vida que al fin al cabo, Señor, no es más que una estación de penitencia en
la que unas veces te buscamos con alegría, con blancas túnicas de capas, y en otras, como ahora, con ajadas
vestiduras de áspero ruán negro. La piedra de las casas-palacio se torna dorada reflejando al más hermoso y encendido
silencio.
Silencios la traspasan,
y no espadas
y tanto amor por dolor la
enciende que al corazón que
atraviesa fuego prende la
amargura nacida en su mirada.
Si sus ojos amis ojos volviera
y su boca mi nombre
pronunciara, en aurora la
noche convirtiera
y el dolor esperanza se troncara.
Azul, pálida frialdad que
las engañas,
y conviertes las lágrimas lloradas
en tristísimas flores de azahar.
Es su pecho muerte infame
te esañas porque no la atraviesas
con espadas, con silencios
la quieres transpasar.
En tu palio de plata y oscuridad,
mi Señora de los Dolores,
quién fuera reflejo,
quén fuera azahar,
quén para siempre,
por consolarte, se pudiera quedar.
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